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La malaria, enfermedad transferida por el mosquito, es una de las dificultades sanitarias más trascendentes de la actualidad en muchos países. Por ejemplo, el dengue, implica un riesgo importante para amplios sectores en otros ámbitos geográficos. La fumigación es un hecho fundamental, en conjunto con el uso de bacterias y microorganismos para combatir al mosquito. Estos insectos son un riesgo para la salud de la población, a causa del contacto sanguíneo con el ser humano, a causa de su característica de chupadores y por ser vectores de males contagiosos. Su ciclo reproductivo, en grandes cantidades, depende siempre de factores climáticos. Se desarrollan, sobre todo, sobre aguas estancadas, sitios con mucha humedad y temperaturas altas, relativamente templadas. Sus larvas pasan por cuatro estamentos de ninfa hasta conformarse las pupas que darán origen al insecto tal como puede verse volando. Al momento que el mosquito logra su desarrollo definitivo, sale fuera del agua y vive fuera todo el tiempo.
El medio más efectivo de erradicarlos y también el más inocuo para el ser humano es la fumigación, porque además de ser exhaustivo tiene también la ventaja de alcanzar rincones donde el líquido, por obra de la gravedad, no puede llegar. Es necesario, entonces, rociar con aspersión los lugares afectados y dejar el lugar por un corto periodo de tiempo, hasta que el veneno se asiente y el ambiente se haga otra vez respirable para el ser humano.
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